Soy de esas personas que se conocen como “acontecidas”.
No porque sea una buscadora de problemas -dejemos ese concepto a un lado-,
sino porque soy una buscadora de aventuras, una catadora de experiencias.
Algunas me las busco, pero te juro que la mayoría me encuentran a mí.
Aunque yo veo la existencia como una aventura radical en sí misma.
Y muchas cosas son épicas incluso cuando parecen insignificantes.
Te lo voy a demostrar.
Hace más de cuatro años, la muerte de mi mamá me recordó algo:
El sentido urgente de dejar de ser tibia con la forma en la que quería vivir.
Y convertí el viaje en mi estilo de vida.
Al principio, lo hice creyendo que solo lo hacía para hacer duelo, descubrir,
explorar el mundo y coleccionar postales de lugares épicos.
Pero terminé navegando mi propio mapa interno.
Como si cada camino allá afuera revelara un territorio oculto adentro.
Jamás imaginé que no se trataba simplemente de conocer lugares
y mucho menos de coleccionar tinta internacional en un pasaporte expedido por un país
que ni siquiera conozco -soy ciudadana Barbadense, donde nació Rihanna aja aja -.
Llegué a sentirme el colmo de un mapa naufragando en el mar.
Empecé a registrar mis días como si hiciera cartografía.
Aunque muchas veces fui un territorio sin coordenadas.
Navegaba con lo único que tenía: la certeza de que soy parte de este planeta.
Me dejé guiar por cualquier cosa que se pareciera a una señal.
Porque entendí que la brújula no siempre apunta al norte.
A veces, apunta a seguir tu intuición, a una estrella random o a una señal ridícula.
Desde terminar en un país, sólo por su relación con una estrella que vi en un documental.
A vivir en un pueblo por causalidad después de una revelación que tuve.
O como cuando fui invitada al casamiento de una cabra y un chivo en un campo.
Ni hablar de cuando terminé en Londres por descarte, con solo 200 euros para un mes.
Y una deuda para volver a un lugar que ni siquiera sabía si seguía siendo mi “hogar”.
Pero así es la vida cuando te atreves a vivirla como un experimento.
Como un “a ver qué pasa si confío”.
Para mí, a esta altura, es eso o nada.
Como escribió Tolkien: “No todos los que vagan están perdidos”.
Algunos estamos probando nuevos caminos porque los viejos ya no nos alcanzan.
Este gran viaje experimental que ha sido la vida me enseñó
a soltar el control,
a confiar en señales que a otros les darían risa,
a encontrar belleza en lo que parece ordinario,
a elegir el caos como fuente de inspiración,
a aceptar el cambio,
a surfear la incertidumbre.
Y una serie de lecciones y anécdotas que algún día terminarán en un libro.
Pero por ahora cobran vida a través de correos que llegan a tu bandeja unas dos veces por semana.
Todo esto lo comparto porque creo profundamente que las historias —sobre todo las reales— son faros.
No te cambian la vida de golpe, pero te cambian la manera de verla, te pueden inspirar.
Y cuando te dan otra perspectiva, te puedes cuestionar.
Así que si mis aventuras, mis desafíos, mis señales extrañas y mis rutas pueden despertar algo en ti:
valentía, inspiración, claridad o simple compañía…
Entonces este espacio donde te envío correos ya tiene sentido.
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y extremadamente mundanas.
